Sierra de Líbar, espacio y frontera natural entre las provincias de Cádiz y Málaga.
MALAGADITANÍA: Espacio geográfico nuevo, entre lo real y lo soñado, creado por F. Ruiz y F.J. Rodríguez, que engloba la esencia paisajística, histórica y etnológica común de la tierra malagueña y gaditana, unidas en una sola geografía compartida.

CAMINERIA:

Suma de los elementos que componen el camino, el caminante y su entorno.

Estudio de las vías de comunicación, de su relación con el entorno geográfico y social y con los itinerarios físicos, históricos, económicos, culturales y literarios.
Definición del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica (Año de 1994).

Si a estas ideas les añadimos las de patrimonio público y entorno medioambiental a defender y difundir podíamos tener un concepto aglutinador de enorme atractivo general y portador de grandes posibilidades en la defensa y puesta en valor de nuestra herencia ancestral...

LA RUTA DE LOS 7 TEMPLOS

Próximamente os invitamos a descubrir una ruta mágica llena de encantos naturales, de fuerzas telúricas y restos del pasado sorprendentes llenos de misterio y leyenda...La Ruta de los 7 templos, un antiguo periplo costero de más de 2.500 años de antiguedad.
http://ruta7templos.blogspot.com















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jueves, 24 de mayo de 2007

Voces metálicas del pasado histórico de la bahía gaditana


Detalle Noticia "Diario de Cádiz"

FechaHoraNoticia("16/05/07 02:52")
16/05/07 02:52 VIRGINIA LEÓN

CÁDIZ. Un botón puede ser más que un simple objeto metálico. Puede ser el testimonio fiel del pasado histórico de la Bahía. Concretamente, un testigo inequívoco de la presencia en Puerto Real de tropas españolas y francesas en las distintas confrontaciones desatadas en la zona, desde la época de la Guerra de la Independencia.
Así lo concibió Francisco Ruiz Serrano cuando un buen día se encontró en su poder con varias docenas de botones, unos 60, en su mayoría pertenecientes a uniformes de militares, que su amigo Juan Delgado le cedió y que hoy recopila en su libro Botones en La Algaida. "Todo empezó cuando mi amigo Juan José Delgado me contó la afición que tenía su padre de recoger objetos curiosos en sus paseos diarios por el parque de La Algaida en Puerto Real. Él sabía que yo escribía un libro sobre la historia del Trocadero, nos pusimos en contacto y, finalmente, me regaló los botones que había encontrado", comenta Francisco Ruiz.
Fue entonces cuando decidió ponerse manos a la obra e investigar sobre el origen de estos objetos metálicos, partiendo de que la zona donde han sido hallados "ha sido históricamente destinada a campamentos militares". Internet, manuales sobre historia española y francesa y de uniformes militares, se convirtieron en las principales herramientas de trabajo Francisco Ruiz. Y no le fallaron. Tras dos años de estudios ha logrado identificar cada una de las piezas militares y también las civiles. "Logré acceder a qué uniformes, regimientos o unidades pertenecía cada uno, e incluso a la historia de su formación". De hecho, ha documentado gráficamente la imagen de cada botón con dibujos que él mismo ha realizado de los soldados que lo portaban.
Pero la importante colección de botones con la que se hizo no sólo pertenecen a la época napoleónica -la más atractiva para su autor-, sino que también destila información de la guerra contra el absolutismo de Fernando VII, guerras carlistas, guerras de África y de épocas más recientes. Por ejemplo, ha documentado botones de la Guardia Civil en la época de la República o de la Policía Municipal de mediados del siglo pasado.
"Para mí lo más interesante de todo esto es saber que cada una de estas piezas es testigo de lo que ocurrió en un momento determinado en nuestra tierra", comenta un entusiasmado Francisco Ruiz. Por este motivo decidió hace algunos años compartir esta parte de la historia de Puerto Real con sus ciudadanos y publicarlo. Tras muchos intentos, se vio obligado a publicarlo en solitario, sin ningún apoyo editorial o institucional, bajo el sello R.C. Sancti-Petri. Islote de Cultura. Ya antes se había dirigido junto a Juan Delgado a las autoridades para cederlos al museo, pero "estimaron que yo los conservaría mejor".
Su pasión por la historia le ha llevado a meterse de lleno en tres nuevos proyectos literarios. "Uno sobre la historia del muelle de Puerto Real y su entorno, que será titulado Punta del Muelle y otro sobre el acueducto de Cádiz al tempul", avanza.
También se ha dejado arrastrar por el boom de la novela histórica para escribir El diálogo oculto, ambientando en el Puerto Real del siglo XVII, una obra que no verá la luz hasta 2008. "Aunque se trate de una historia de ficción tiene un trasfondo histórico y necesito mucho tiempo para documentarme", concluye Francisco Ruiz.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Berroquejo. Un lugar, una fortaleza, una referencia en el paisaje interior de la Bahía de Cádiz

Panorámica del castillo roquedo, con los restos aún perfectamente visibles de su torre atalaya y los grajos como alertas centinelas ante cualquier intruso merodeador del entorno.

Una tarde de esas de mayo en la que el sol se entretiene en hacer practicas con vista al verano, calentaba a mala leche (con perdón), a mi amigo Francisco José se le ocurrió la feliz idea de hacer una escapada (a las cuatro de la tarde) a Medina Sidonia.

Yo, que soy dado a la aventura aunque sea en las peores condiciones (climatológicas se entiende), lo esperé como de costumbre (vive en Cádiz) en la esquina de la gasolinera de Puerto Real (la ubicada junto al campo de fútbol), y como viene siendo costumbre en él, apareció por el lado contrario que me había anunciado, o sea, que me sorprendió una vez más.

Mi amigo, para que sepan de él diré, que es un enamorado de la historia antigua de su Cádiz, bueno y de toda ella en general, también de la literatura, de la fotografía, de las cosas de su tierra, del arte en todas sus manifestaciones, y quien sabe si de algo más que por modestia me debe ocultar.

Entramos en la Cantina del campo de fútbol y nos sentamos en una de sus mesas; él pidió un “manchao”, y yo un descafeinado con leche de máquina ( sí me extiendo un poco en estos detalles es para advertiros que para salir de gira hay que prepararse convenientemente)

Entre sorbo y sorbo nos planteamos a donde iríamos esa tarde y no hubo la menor dificultad en eso, enseguida hubo consenso, decidimos visitar la Ermita romano-visigoda de Medina Sidonia.

En quién llevaría el coche tampoco hubo discusión, nos llevamos a las mil maravillas (de momento), mi amigo se ofreció voluntario y yo acepté encantado. ¡Uf!, Menos mal, pensé en silencio (no tiene mérito, creo que es así como se piensa).

Abandonamos el aparcamiento y nos encaminamos a la salida del pueblo por el lado de las famosas “Canteras de Puerto Real”, ese pinar público que es una maravilla, pero esa es otra historia, la carretera que circula por sus inmediaciones conduce al cruce de Puerto Real-Medina Sidonia-Paterna-Jerez; éste dista de las “Canteras” 19 Km. No es mucho, se llega en pocos minutos.

Como ocurre normalmente cuando se viaja en compañía, siempre se suelen picotear o hablar de algún que otro tema; nosotros también lo hicimos, lo que no impidió que no reparáramos en los maravillosos parajes que estábamos atravesando, y nos deleitáramos con la belleza salvaje de sus pinares, lagunas, sembrados, baldíos y cañadas, que de todo eso y más hay por allí. Y son frecuentes las bandadas de perdices y de conejos que se ven correteando por encima del calenturiento asfalto (que por eso corren).


Uno de los muchos regalos con los que nos gratificaba nuestra visita al castillo, un acanto en flor.

Hablando de los niños, el trabajo y todas esas nimiedades (pero que en realidad es lo que más nos importa), nos encajamos en las proximidades del cruce antes anunciado, y a esa altura del camino lo que se observa al frente y la izquierda, según las revueltas de la carretera, no es, ni más ni menos, que la fascinante silueta del castillo de Berroquejo, y digo fascinante porque el susodicho castillo está construido sobre una sorprendente corona de rocas monumentales, las únicas que se ven en kilómetros a la redonda. Y ahí fue cuando empezó la aventura.

--¿Por qué no visitamos esta tarde el castillo de Berroquejo? –propuse a Francisco a sabiendas de que no era aquel, nuestro destino originario.

--Vale –respondió sin pensárselo —dejaremos la visita a la Ermita romano-visigoda de Medina Sidonia para otro día.

Ese es el verdadero carácter del aventurero capaz de fascinarse por lo que le ofrece la naturaleza o lo que, en este caso, construyó el hombre que habitó estas tierras en la Edad Media y lo mejor de todo, capaz, sin prejuicio alguno, de modificar sobre la marcha los planes previstos de antemano.

--Qué más da –respondió nuevamente--, ese castillo también esta repleto de historia.

Las maravillas que encierra el paisaje quedaron patente en la contemplación del reportaje fotográfico que hicimos y del que incluimos una muestra para envidia (bueno, no tanto) de todos los que no ha tenido la dicha de visitarlo. Están tomadas con modestas cámaras digitales sin más pretensión que ofrecer al lector de esta desastrosa narración, una pequeña noción del goce que experimentamos “in situ”, o como en latín se escriba, ante la contemplación de tales parajes.

Los líquenes se enraizan fuertemente a los pequeños huecos que le permite el roquedal.


Pero todavía no estábamos en el castillo. Continuamos la marcha y al fin llegamos al anunciado cruce de Puerto Real-Medina Sidonia-Jerez-Paterna. Tomamos la vía que discurre bajo la carretera principal y nos desviamos hacia la izquierda por una vía de servicio, que no era ni más ni menos, que la antigua carretera que comunicaba a Puerto Real con Jerez de la Frontera.

El castillo lo veíamos ahora a la izquierda, lo dejamos atrás, pasamos por debajo de otro puente y nos desviamos por el primer carril de tierra que encontramos a la izquierda. Continuamos por él hasta llegar a un portillo de tubos de hierro. Nos hicimos a un lado del carril y aparcamos el coche. Ya nos encontrábamos en la falda del montículo coronado por el castillo Ahora sólo teníamos que acercarnos a la alambrada que protege a la finca y seguirla dirección Medina hasta dar con otra entrada por la que acceder a la derruida fortaleza.

Caminando en dicha dirección, el castillo lo teníamos a la derecha; fotos y más fotos. Rodeamos la empinada loma y por fin nos topamos con el portalón de estacas y alambres espinosos que debíamos salvar. Normalmente aparecerá cerrado. Pero nuestro espíritu aventurero no quedó mermado por ello. Mientras uno forzaba los alambres espinosos el otro reptaba hasta el otro lado; y luego a la inversa

Nos adentramos por el carril que se abría tras él y nos encaminamos hacia las ruinas por la cara que mira a Puerto Real. A medida que nos acercábamos surgían de nuestros pies conejos y gazapos asustados por nuestra intromisión. Corrían ladera arriba tratando de alcanzar las grietas y oquedades que festoneaban las rocas que sirven de cimentación al castillo. Las cámaras digitales enfocaban sin interrupción cada rincón del paisaje y cada arista de los ruinosos muros del castillo de Berroquejo. Nos acercamos un poco más a la base pétrea y otra sorpresa, ahora los que huían espantados de nuestra presencia eran los grajos. Pero que maravilla de tarde; que espléndido paisaje el del entorno; qué gozada de naturaleza; y qué gozada de historia pasada, que tras eso íbamos.


De nuevo los grajos como insobornables centinelas, enfundados de negro, advirtiendo a los demás habitantes del entorno de nuestra presencia intrusa.

--Y lo mejor es que no hay garrapatas –me decía mi compañero de vez en cuando.

Pero la visita prometía ser completa, trepando por la ladera encontramos varios trozos de arcilla cocida; restos de objetos cerámicos inservibles arrojados en fechas lejanas desde el castillo. Entre ellos varios trozos de tegulas romanas, Cuanta historia encerraba aquel lugar.

Una vez fotografiada aquella parte del castillo lo rodeamos retornando a la cara del monte que daba a la carretera y el carril donde teníamos aparcado el coche, pero claro está, esta vez por dentro de la empalizada.

Subimos por esta otra parte de montículo, por que es por el único lugar que se puede acceder al interior de lo que queda de la fortaleza. Y esto atreviéndonos a escalar aprovechando las irregularidades de las paredes de una gran grieta abierta en la roca. Pero el esfuerzo mereció la pena.


Los líquenes con su destacado color azafranado, parchean la grisásea roca, horadada por una cavidad en su centro, creando un verdadero y hermoso contraste de grises, verdes y amarillos reflejados bajo el cielo azul intenso y luminoso.

Una vez en lo alto franqueamos la abertura que se abre en uno de los flancos de lo que debió ser la torre y curioseamos su interior. La techumbre estaba depositada al completo en el suelo. Todo estaba a rebosar de cascotes, tierra y arbustos crecidos entre estos. En sus paredes podíamos apreciar la técnica empleada para su construcción. En lo alto quedaban restos de las nervaduras de la bóveda que en tiempos sostuvo la parte superior de la torre.

Captamos todas las imágenes de que fuimos capaces, y descansamos un poco sin dejar de admirar el paisaje. Seguramente la misma panorámica que verían en su tiempo los accidentales moradores de aquel baluarte, castillo o atalaya.

Después del merecido descanso, sudorosos y sedientos, regresamos al coche. Yo con un brazo enrojecido por rozar unas ortigas, mi amigo con varias garrapatas. Nos detuvimos en una venta del cruce (La Ponderosa), tomamos unos refrescos y regresamos a casa.


Interior de la torre atalaya, mostrando una de sus crucerías aún en pie, libre de la pesada carga del techo que alguna vez sustentó sobre sus arcos y ahora desparramdas sus piedras por el suelo que pisamos, cubiertas por la vegetación.

APUNTES HISTÓRICOS

Pese a encontrarse en el mismísimo límite del término municipal de Puerto Real, el castillo de Berroquejo se encuentra dentro del término de Jerez y como tal formaba parte del sistema defensivo medieval de dicha ciudad.
El castillo presenta la fisonomía de una típica construcción militar cristiana de tipo mudéjar de época alfonsí y su atribución principal era la de controlar las razzias que, de vez en cuando, realizaban tanto los benimerines del rey de Fez, como los más cercanos ejércitos del reino nazarí de Granada, puesto que la frontera de dicho reino se encontraba dentro de lo que es hoy la provincia de Cádiz.
La fortaleza se levanta sobre una loma, en lo alto de una peña rocosa de roca arenisca, conocida como el Berrueco( en época musulmana Al-Sajara, es decir, la peña) y desde lo alto se domina un interesante paisaje adehesado de suaves colinas, en el camino que transcurre de Jerez a Medina Sidonia, la cual, ofrece una imagen visual impactante, pues se encuentra solo a 10 Km, muy cerca del cruce que conduce a su vez, a Puerto Real por un lado y a Paterna por el otro.
El nombre de Berroquejo, al igual que el de la loma, Berrueco, parecen tener un claro origen celta, relacionado con las palabras castellanas barro y tierra.
El estado actual del castillo de Berroquejo es bastante ruinoso, pero no por ello menos interesante y lleno de encanto. Solo subsiste de forma orgullosa la torre cuadrada, sin cubierta, toda ella desparramada por los rincones de la atalaya. Aun se observan pese a todo, arranques de bóveda y los restos de una trompa. La cerca se mantiene circundando la peña y se conservan tramos de lienzos, mientras otros se encuentran desperdigados por el entorno. La roca madre también presenta interesantes indicios de haber sido trabajada por los esforzados habitantes del recinto.
Como hemos dicho mas arriba, el castillo es una fortificación alfonsina, vinculada a la efímera orden de Santa Maria de España, que fue poseedora también durante su corta existencia de los castillos de San Marcos del Puerto de Sta. Maria y del excelente castillo de Torrestrella, ya en el termino de Medina Sidonia y del cual tendremos ocasión de referirnos cuando le dediquemos su capitulo. Por ultimo, esta fortaleza esta vinculada al igual que numerosos lugares de la comarca y de los que paulatinamente iremos hablando, con las vicisitudes padecidas por la desdichada reina Doña Blanca de Borbón.

Marcas antiguas y borrosas por el tiempo, sobre una piedra grande y plana del interior de la torre, en el umbral del acceso a la misma, lavada su superficie por la intemperie y el transcurso de los siglos, habla por sí misma de antiguos habitantes humanos del castillo, hoy sólo habitado permanentemente por diminutos escarabajos, vivaces conejos e inquietas perdices corriendo de matojo en matojo ante la cercanía de nuestros pasos, transgresores de su cotidianeidad bucólica.

Francisco Ruíz Serrano / Francisco J. Rodríguez-Andrade.

jueves, 26 de abril de 2007

Un paseo por el Cerro de los Barreros ( Cerro Ceuta )

Imagen de las ruinas del horno romano.

Una de esas apacible tardes primaverales puertorealeñas, en la que mi amigo Francisco y yo decidimos recorrer la vereda por la que probablemente caminaran, veinte siglos atrás, esclavos, libertos y artesanos diversos, mi desbocada imaginación se aventuró a penetrar por los mil y un vericuetos de mi cerebro, donde intuyo se esconden los olvidados registros de mi memoria. En consecuencia, sin proponérmelo, mi mente sedienta de conocimiento ya había retrocedido en el tiempo en la que centenares..., miles de imágenes se reprodujeron veloces en mi cabeza materializando un espejismo, más idealizado que veraz, de la época que intentaba evocar. Por fortuna, fui consciente de la engañosa realidad de la que suelen adolecer tales visiones, ya que mi subconsciente, sólo sería capaz de reproducir una mínima parte de todo lo que asimiló a través de las novelas de aventuras, tratados de historia, comics, el cine y los museos arqueológicos que he alcanzado visitar.

Panorámica del bosquecillo de almendros.

Con una imagen preconcebida de la época y lo mismo pienso mi amigo, emprendimos la aventura de la exploración de los hornos romanos ubicados en el cerro de Ceuta. Para ello recorrimos el siguiente itinerario: estación del ferrocarril; puente que salva las vías; calzada asfaltada paralela a la línea férrea dirección Casines; barriada de la Marroquina; camino de tierra que conduce a los barreros; primer carril a la izquierda; doscientos metros cuesta arriba y al flanco izquierdo, la campiña que acoge los vestigios romanos que deseamos visitar.

La contemplación del entorno nos trasladó, sin mayor esfuerzo, a los tiempos de actividad de aquellos dos hornos (Siglos I-II de nuestra era).

Abejas revoloteando atraidas por el reclamo oloroso del cantueso.


Los dos hornos romanos emergen solitarios en la ladera de un pequeño remonte coronado de eucaliptos. Por fortuna para los amantes de la arqueología los hornos están protegido con una malla metálica, lo que no impide que se puedan estudiar. Por todo el contorno es fácil observar restos de ánforas, ladrillos y tégulas.

Otra imagen del bosquecillo de almendros.

La vegetación que rodea a los hornos también es sugerente: melosa, retama, ruda, tomillo, cantueso, matagallo, hinojo, zarzamora, acebuche, pita, chumbera y un sorprendente y casi intacto almendral en plena exuberancia gracias a las últimas lluvias, sirviendo de goce para nuestros sentidos. Las plantas que nos rodeaban, nos traían evocaciones con sus fragancias impregnando el aire, al famoso “garum” que aquellos hombres elaboraban en las factorías de salazón del entorno. Una salsa, muy apreciada entonces, a base de salmuera y vísceras de pescado curadas al sol, condimentada con tomillo, romero, ruda y otras plantas aromáticas.
La sombra de un almendro proyectada en la hierba señala a su otro compañero del bosque.

Una construcción que enseguida acapara la atención del visitante es lo que algunos equivocadamente han dado por llamar “castellum aquae ”. Una elevada obra circular de sillarejos reforzada con contrafuertes de interesante apariencia simulando un castillete, pero en realidad se trata de una noria. Una obra romana, tal vez, remozada con frecuencia en épocas más cercana para mantener viva su utilidad.


El mal denominado "castellum aquae" y su apariencia de pequeña fortaleza.

En la reducida zona donde se ubican los citados restos afloran nada menos que cuatro pozos, lo que viene a indicar que los hornos estaban situados sobre un importante acuífero. Hechas las averiguaciones comprobamos que todavía se encuentran activos. Un pastor los utiliza a diario para dar de beber al nutrido rebaño de ovejas que pululan por el entorno.

Vista de su parte superior, dando la impresión de ser un pequeño castillete.

Esta imagen, los hornos principalmente, el paisaje circundante y las maravillosas panorámicas que el particular enclave, uno de los oteros más altos de todo el contorno, nos ofrece de la Bahía, puestas de sol incluidas, justificó sobradamente nuestra visita.

Interior que demuestra que es una antigua noria.

Una última y ya para terminar curiosidad, esta vez relacionada con la toponímia que habría que mencionar, es que si bien todos los mapas señalizan oficialmente el lugar como Cerro Ceuta, un nombre para el que no hemos podido averiguar el porqué de tal denominación que hace referencia a la ciudad norteafricana española, lo más llamativo es que ya puedes pedir indicaciones y preguntar a los lugareños que frecuentan y habitan la zona que no la conocen por tal nombre, sino que el calificativo toponínico popular que ellos dan al paraje es el de Cerro de los Barreros, y ahí si que no nos hace falta indagar para dar la solucíon a tal nombre.

Ella ya la hemos dejado traslucir a través de las líneas de esta pintoresca evocación. La gente del lugar puede no saber, ni tiene por qué saberlo, que ese cerro y sus materias primas, barros y aguas subterráneas que presenta en abundancia, fueron usadas en la antiguedad más remota por los romanos, pero si que saben que en algún momento desconocido tiempo atrás, alguien, otras gentes se han aprovechado para su uso de esos mismos elementos naturales y sus huellas aún permanecen marcadas sobre el paisaje, como verdaderos registros fósiles, dándole nombre alternativo y más veraz y acertado al lugar.

Nosotros también hemos querido dejar constancia de ellas en estas palabras, en la esperanza de que el desarrollismo exarcebado que hoy día inunda a nuestros pueblos y ciudades no acabe de una manera desastrosa con parajes como este, que sigue mantiendo con cierta fidelidad las sensaciones paisajisticas naturales y la memoria de nuestro pasado...

Antigua cantera de extracción de barros romana, convertida gracias a esa acción antrópica antigua en un paraje lagunar temporal.

Francisco Ruíz Serrano. / Francisco J. Rodríguez-Andrade.

martes, 24 de abril de 2007

Torres almenaras y torres vigias de la Bahía de Cádiz durante la época moderna

Vista del siglo XVI de las almadrabas de Hércules con sus torres vigias, Cádiz al fondo y panorámica del saco de la bahia. (pinchar sobre imagen para ampliar)


Si bien es verdad que ya en la Edad Media y aún antes, en la propia época romana las costas gaditanas contaron con un sistema de comunicación visual a distancia, no es en rigor hasta el año 1503 que se establece el primer sistema regular de señales del que se tiene noticia fidedigna, para comunicar las distintas poblaciones de la bahía.


Estas señales de socorro, como así fueron denominadas, ponían en comunicación visual la propia ciudad de Cádiz, con el vecino Puerto de Santa María y un poco más al interior, Jerez de la Frontera. Desde la torre principal del castillo de la Villa de Cádiz, se enviaban señales a la ermita de Santa Catalina en El Puerto, de allí a la torre del homenaje del castillo de San Marcos, igualmente en El Puerto, el cual, enviaba las señales a la antigua ermita de la Sierra de San Cristobal, el punto más alto de toda la bahía gaditana. De hecho, allí está situado hoy día un vértice geodésico y por último destino, la torre de la atalaya de la iglesia de San Dionisio, ya en Jerez. El sistema de señales empleado para tal fin era, la ahumada de día y la almenara, de noche.


Más tarde, en concreto, en 1702, durante la guerra de Sucesión y para avisar de la amenaza de escuadras enemigas,todo este sistema será sustituido por uno más perfeccionado de señales de banderas, denominado telégrafo marino. La vigia marítima de Cádiz utilizó para tal fin diversas torres miradores de la ciudad, pero a partir del año 1778 y hasta su desaparación, estuvo en la torre más alta de la ciudad, en la Torre de Recaño, más conocida como Torre Tavira, con sus 34'55 mts, ubicada en la zona más elevada de la topografía de la ciudad. Manuel Danio Granados fué el nombre del primer vigia de dicho sistema.



Imagen de la Torre Tavira o de Recaño.

La 1ª vigia marítima estuvo en la casa del Padre Calderón, en el barrio de Santa María, seguramente en el mirador que hay en la Cuesta de las Calesas, posteriormente en la casa de las Banderas, en la calle San Pablo, hoy llamada Virgen de las Penas, en el barrio de la Viña, seguidamente en la calle Torre y en la Plazuela de las Viudas, esquina calle Vea Murguia.



Desde 1779, para las comunicaciones entre las vigias de Cádiz y San Fernando, esta situada en Torre Alta, junto al Real Observatorio de la Marina, se emplean cuatro formas distintas de banderas combinadas a su vez en cinco posiciones, consiguiendo con ello, un total de cuarenta y nueve señales distintas. Posteriormente se cambiaron algunas de las señales y se añadió una bola que colocada en distintas posiciones, notificaba la procedencia geográfica de los barcos identificados:



-bandera ( cuadrada )



-rabo de Gallo ( triángulo )



-corneta ( con dos triángulos )



-gallardete ( estrecho y largo )



También había varias señales de control, como la corneta roja, que indicaba confirmar mensaje y el gallardete azul, para repetir dicho mensaje.



Este útil sistema gaditano de comunicación visual se limitó a controlar el puerto de Cádiz durante varios siglos, con dependencia directa del Capitán General del Departamento marítimo, ubicado en San Fernando y del Comandante del Tercio Naval, en la propia Cádiz.


Panorámica de Torre Alta y el Real Observatorio de la Armada en San Fernando.

Hasta aquí, esta pequeña semblanza histórica de las distintas torres y almenaras y de sus sistemas de comunicación, que han protagonizado el devenir de la bahía de los últimos siglos hasta la introducción de métodos más modernos de envíos de mensajes, como por ejemplo el telégrafo óptico, el cual, terminó por sustituir a todo esto. Queda pués para otra ocasión hablar de ello, así como de otras torres y almenaras que tuvieron también su propia historia singular dentro de los hechos históricos gaditanos y que no podemos dejar en el olvido, como Torregorda, las torres de Hércules de la almadraba del mismo nombre, la Petitorre en Puerto Real, la Torre del Puerco y Torre Bermeja en Chiclana y demás torres miradores dentro de la ciudad de Cádiz y de otras poblaciones de la Bahia. Quede fé de nuestro compromiso en estas lineas, para otra próxima ocasión...



lunes, 2 de abril de 2007

Trocadero. La batalla que nadie perdió

Maqueta del Trocadero con sus instalaciones de los siglos XVIII y XIX. ( Pinchar imagen )

Una mañana, fuera de lo que la climatología nos tenía acostumbrados, amaneció con el cielo milagrosamente entoldado; y por eso de que el calor se había relajado, decidí llegarme hasta el Trocadero para echarle una mirada a la patera que allí tengo varada. Me acerqué en coche, por si las nubes resultaban que eran legales, y el de arriba se dejaba caer con al menos un chubasco de esos que no te da tiempo ni para dar con una casapuerta donde guarecerte.
Maqueta del Trocadero con sus instalaciones de los siglos XVIII y XIX.
Los asiduos al lugar, pescadores, mariscadores y gusaneros, me saludaron sorprendidos al advertir mi presencia. Y no es que estuvieran ante un extraño, la razón se debía a mi prolongada ausencia. El bote hacía meses que se tostaba en tierra, ya podía verse el caño a través de la separación de las tablas resecas de sus costados. Más de uno de los allí presentes me lo había advertido. Sabiendo que estaban sobrados de razón aguanté sus recriminaciones y también sus bromas. Dejé a cada uno con su labor y me acomodé en mi pequeña embarcación. Su eslora no alcanza los cuatro metros. Sentado en el banco de proa eché distraídamente una mirada al cielo, a las gaviotas que por allí pululaban y a la escalinata de piedra del otro lado caño, la que daba acceso a las ruinas de la salinera del "Consulado". Dos jóvenes gusaneros remontaban sus desgastados escalones en esos momentos, y un tercero, cruzaba a nado en sentido contrario, la distancia que lo separaba del embarcadero del lado de Puerto Real. Aquella pétrea escalera siempre había reclamado mi atención, Desde que era un muchacho y la veía cada día a través de la ventanilla del tren de los trabajadores del astillero de Matagorda. Entonces había actividad en ella y en la salinera antes aludida. Embarcaciones de regular calado llenaban sus bodegas con la sal que transportaba una destartalada cinta de goma accionada por un ruidoso motor de gasoil. Aún recuerdo cómo me devolvían la mirada aquellos enigmáticos peldaños de la escalinata. Y que yo me decía ¡algún día desentrañaré los misterios que ocultas con tu pertinaz mutismo! Así, rememorando otros tiempos, recordé mi aventura de indagar en los orígenes de todo aquello que en esos momentos me rodeaba, el cantil de piedra que a intervalos emergía del fango en la orilla opuesta del caño, los ruinosos diques secos inundados caprichosamente por las mareas, las misteriosas construcciones que asomaban entre la verdeante vegetación en la que abunda el espino, los desmoronados esteros, las sobrias ruinas del fuerte San Luis, la desgastada escalinata que me hablaba en silencio. Entonces supe que sus orígenes se pierden en el tiempo, que este lugar lo pisaron todas las civilizaciones que invadieron nuestra península, que fue testigo de saqueos, de comercio próspero y de grandes batallas. Me viene a la memoria aquella que ningún contendiente perdió y que ostentan en sus naciones símbolos recordatorios de haberla ganado. El Centro Cívico Trocadero de Londres y la visitadísima plaza parisina del Trocadero. Me refiero a la acaecida el año 1812 en la que España aliada, a la sazón con Inglaterra, unieron sus fuerzas para luchar en este inquietante escenario contra el invasor francés. La que dieron por llamar, la batalla del Trocadero. Dos siglos después, cercana ya, la fecha de la celebración conmemorativa del segundo centenario de "la Pepa", nuestras autoridades parece que tienen intención de remediarlo.
Texto: Francisco Ruiz Serrano
Fotos: Francisco J. Rodríguez